Victoria Colombo

Vínculo

Perdiste la cuenta del tiempo que pasó desde la última vez que la viste. Desde la última vez que la abrazaste, la acariciaste, le corriste el mechón de pelo de su cara. No es porque no te acuerdes del atardecer de ese sábado de otoño, en donde desde la terraza veían que a los árboles ya casi no les quedaban hojas y al sol cayendo con urgencia sobre los edificios vecinos. Lo que sucede es que al tiempo lo contás en función de otras variables, no con algo tan frío como los días o las horas.

Hoy te despertaste con la hermosa sensación de que algo va a pasar. Intentás no confiar en esos instintos. “Los presentimientos son para gente que no es de ciencia”, te repetís. “No se puede pre-sentir. Sentir algo antes de sentir. Si ya estas sintiendo entonces es sentimiento-sentimiento o sentir-sentir”. Seguís preparándote para salir. Desde tu ventana del primer piso podés ver que las personas están muy abrigadas. Te ponés tu campera negra, tu bufanda gris y salís. 

La violencia de los manifestantes en la entrada del subte te hace seguir caminando. “Hermosa Buenos Aires”, decís. Te recorre por el cuerpo cierto miedo de que un hombre de pechera verde, que se encontraba aplaudiendo al del megáfono, te haya escuchado. Acelerás el paso. Te planteás cómo llegar a la facultad. Colectivo, taxi, uber, próxima puerta del subte. Son muchas opciones. Te cuesta elegir. Siempre te costó elegir o más bien lo que te cuesta es decidir. “Me molesta que dudes tanto para todo” te decía ella. Te decidís por postergar la decisión y caminar.

Te ponés los auriculares y no podés decidir qué música escuchar. “Si elijo a Fito, le estoy diciendo que no a Charly. ¿A quién se le ocurriría decirle que no a Charly?” Decidís que la aplicación decida por vos, y pones la función aleatoria. Empieza a sonar un cálido jazz. Te gusta caminar escuchando música. Te gusta Buenos Aires, te gusta tu trabajo, te gusta estudiar y te gusta ella. O quizás te gustaba ella. O lo que te gustaba era la idea que tenías de ella, o cómo te sentías cuando estabas con ella. Eso, te gustabas vos cuando estabas con ella. Pero no te lo creés. Te gusta ella. Es más creés que esas frases que te repetís, las sacaste de alguna taza. Detestas esa moda. En realidad detestas cómo se ven las frases de auotoayuda en las tazas. Te deprimen. Lo que no te deprime es pensar en ella.    

Se interrumpe la música por un mensaje. Pocas cosas te molestan tanto como que la música se interrumpa por mensajes, notificaciones y ni hablar de llamadas. Irrumpen en tu mundo, en tu caminata, en tu cabeza, en tus pensamientos. Como hace ella. Todo el tiempo. Pero no era ella. Obvio que no era ella. Si hace más de 5 atardeceres de otoño, un recital de babasónicos y 32 botellas de vino que no te escribe un solo mensaje.

Resolvés la sanción de no contestarle al maleducado que interrumpió a Charlie Parker. Te das cuenta que es imposible llegar caminando a la facultad sin tardar por lo menos 45 minutos, así que parás un taxi. El taxista habla sin parar, no podés mantener ese ritmo de conversación. Te dice que quiere matar a alguien o que el Estado tiene que matar a alguien o algo de matar. Ponés la cara que se pone en esas situaciones y así llegas a destino. Bajás y volvés a tu cara natural pero con cierta perturbación.

El tiempo laboral transcurre igual que ayer, que el martes pasado y seguramente sea igual que mañana. No te quejás. No es algo malo. Decidís volver caminando y seleccionás un recuerdo con ella para que te acompañe el camino. Sentís orgullo de ese ritual contra sistema. Vos sentís y descifrás qué sentís. Pensar en ella genera en tu cuerpo algo similar al efecto que produce una droga de diseño, pero sin dañar ninguna neurona. Resaca te da, si. Pero odiás fuertemente la frase “soltar” y creés que es mentira todo lo que la acompaña. Creés que el olvido es para los cobardes, o para los que siguen rotundamente a la dictadura de las tazas. Si viviste momentos de extrema felicidad, de plenitud, en donde cada vez que te abrazaba, a tu cuerpo lo recorrían desde los pies pequeñas partículas generadoras de bienestar. ¿Cómo no vas a poder recordar esos momentos una y otra vez? Recordarlos es acceder a un poquito de ese sentimiento. Cuando pensás en algún momento que compartiste con ella, algunas de esas partículas aparecen.

Tomaste la decisión de pensar en ella hasta la vejez. Abrís un champagne para celebrarlo. Al final, el sentimiento-sentimiento tenía razón.

Bomba de tiempo

En todos estos años me convertí en un experto postergador del miedo. Lo mismo hicieron mi mamá y mi papá. Hasta las enfermeras desarrollaron esta habilidad, por supuesto guiadas por mí. Cuando da algún indicio de querer entrometerse, rápidamente lo expulsamos. A veces no logramos echarlo, pero al menos podemos taparlo. Le colocamos encima la serie del momento, o algún robo vivido por un vecino, o lo que le está pasando al de la habitación de al lado, convencidos de que eso es peor.
No sé si por pena o por comodidad, los médicos se fueron sumando a esta actitud postergadora y con ellos de mi lado, formamos el equipo perfecto.
Ellos: –Los valores de plaquetas están muy bajos.
Yo: –¿Vieron la invasión de ayer a Ucrania?
Ellos: 10 minutos hablando de eso.
Si no lo nombro, si no lo dejo entrar, si no lo miro y le doy la espalda, el miedo desaparece. O a lo sumo se esconde.
En diciembre tuve una fuerte recaída, pero ahí estaba el mundial desplegando toda su magnitud de cobertor. Además, navidad y fin de año siempre me ofrecen las mejores peleas entre los familiares, y si no se da con los míos, serán historias de mis amigos. ¡Que hermoso mes diciembre! Llena el tanque de la postergación.
El verdadero problema lo tengo en enero. Es un mes demasiado largo con pocos elementos que ayuden a mi don. Necesito de toda mi imaginación para quitarle entidad a este fuerte dolor abdominal. Qué bien me viene el divorcio de Mary, la enfermera de la mañana. Ellas solo hablan de eso. Puedo pasar enero.
En febrero se suma la tos y con desesperación busco en las redes materia prima. La ola de frío me vuelve un especialista en cambio climático pero no me alcanza. Dos desmayos en el mismo día van a necesitar de algo supremo que lo ocupe todo. ¡Qué extraordinaria fue la pandemia! Algo así me vendría bien ahora. Comienzo a hablar de un nuevo virus que apareció en China y me empiezo a quedar afónico.
Ellos: -Estas volando de fiebre.
Yo: Sigo hablando con un hilo de voz sobre el aumento del dólar y las elecciones.
Ellos:-Vamos a tener que hacer una transfusión.
Yo: Recurro a un infalible y cuento que tengo novia, que la conocí acá mismo.
Ellos: hablan entre ellos.
Yo: No entiendo nada de lo que dicen, creo que me estoy durmiendo.
Ellas: lloran.
Yo: Busco en mi imaginación, en mis recuerdos. Algo tengo que encontrar. Algo hay, estoy seguro. ¿No guarde nada para este momento?
Me doy cuenta que estamos hablando otro idioma. Incluye llanto, algún que otro grito y empujones de parte de mi papá. Y también me doy cuenta que está entrando, voraz, como si en todos estos años hubiese estado encerrado en una jaula, construida por mi, esperando este momento para vengarse por tanta indiferencia. Se instala en la habitación y comienza a expandirse hasta que rompe las ventanas. Le coloca alguna sustancia al aire y lo hace más pesado, nos cuesta respirar a todos, lo hacemos entre cortado. Le cambia el color a los cuadritos de la pared, ahora son todos iguales, marrones con líneas grises. Plasma en la cara de todos la misma expresión: entrecejo fruncido, ojos buscando algo con exasperación, boca abierta y cuello tenso.
Es curioso lo que hizo con las manos: las de algunos se cerraron en forma de puños, apretados. Las de mi mamá se posaron sobre su cara, tapándola. Las de mi papá se colocaron sobre su cabeza.
En cuanto a mí, no me va a ganar tan fácil, yo soy el más entrenado. Admito que logró endurecer mis piernas y me está haciendo cosquillas en la boca del estómago. Intento hablar pero nada sale de mi boca. El zumbido que instaló en mis oídos se vuelve insoportable así que voy a descansar un rato y cuando me despierte seguro algo se me va a ocurrir. ¿Mañana no volvía Mary de vacaciones?

Victoria Colombo

Es abogada litigante, espacialista en derecho de familia y mediadora. Desde el 2015 forma parte de la Direccion Provicial de Promoción de Derechos de niñez, Adolescencia y Familia de Rosario. En el 2023 se convirtió en la mamá de Fausto. Considera a la lectura como salvavidas y a la escritura como válvula de escape.